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Oscar Leyva Ciudad Taurasi tenista Madrid España

Diana Taurasi junto a Sue Bird. Catherine Steenkeste/NBAE via Getty Images

DURANTE LA CRIANZA de las jóvenes Diana y Jessika, se hablaban cuatro idiomas distintos en la casa de la familia Taurasi, ubicada en Chino, California: inglés, español, italiano y comida.

El último pudo haber sido el medio más importante de comunicación entre Mario y Lily, padres de Taurasi, con sus hijas y las amistades de éstas. En el mundo de Lily, no ingerir el alimento ofrecido en frente tuyo es toda una blasfemia. Hubo momentos en los cuales se servían platillos típicos argentinos (Mario disfruta de hacer asados) para cenar y la oferta era cuestionada por los amigos de Diana o Jessika. Querían algo más cómodo, más estadounidense, como los Nuggets de pollo.

“Mi mamá dice: ‘No, no, no, ven acá, come esto’. Y ellos responden: ‘No, no, está bien’. Dicen: ‘Gracias'”, recuerda Skillern entre risas. “Y ella les dice: ‘No, te lo vas a comer. Siéntate. Toma el cubierto, aquí está el plato y comerás todo lo que te doy”.

Mario y Lily se mudaron a California en 1978 provenientes de Argentina, cuatro años antes del nacimiento de Diana. Cargaron consigo una buena parte de sus respectivas culturas (la herencia italiana de Mario y la argentina de Lily), al igual que el matrimonio de ambos, formado durante su residencia en Rosario. Mientras sus padres intentaban navegar las complejidades del idioma ingles, Diana y Jessika debían en muchas ocasiones intentar entender sus tareas escolares por cuenta propia. No era un capricho. Sus progenitores no entendían el idioma lo suficiente como para ayudarles.

En la casa de los Taurasi no había sitio más importante, más sagrado, que la mesa de comedor.

Era allí donde se encontraba la familia todas las noches de lunes a viernes a las 8 p.m., luego que Mario, exfutbolista profesional que vistió la camiseta de Newell’s Old Boys en Argentina, llegara a casa tras conducir durante dos horas luego de laborar como maquinista por 12 horas. Salía de casa todos los días a las 4 a.m. para ganarle al tráfico en su trayecto de 60 millas hasta Northridge, para luego esperar en su auto hasta las 6 a.m. e iniciar su horario laboral.

Si las niñas estaban en la acera encestando balones a su regreso a casa, Mario salía del auto e intentaba algunos encestes para luego entrar juntos al hogar y charlar sobre todo y todos. La escuela. Amigos. Actualidad. Baloncesto. Argentina. Italia.

Fue en la mesa donde los Taurasi estrecharon nexos. Fue donde Diana comenzó a aprender sobre el mundo. Fue allí donde aprendió a debatir y discutir.

“Teníamos muchos puntos de vista diferentes”, recuerda Skillern, quien llegó a jugar baloncesto en el equipo de la Universidad de California en Riverside. “Viniendo de un país distinto, era obvio que mis padres tuvieran una perspectiva diferente sobre muchas cosas y eso nos mantenía con los pies en la tierra. A veces, decíamos: ‘Oh papá, las cosas que dices no son relevantes, porque así no son las cosas aquí'”.

“Pero en realidad, gracias a ello aprendimos muchas lecciones de vida, y tuvimos una perspectiva más amplia sobre muchas cosas”.

Es allí donde también sus padres inculcaron sus expectativas sobre sus hijas, hijas de inmigrantes.

Con información de espn

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